EN MEMORIA DE LUIS INFANTE

 
Por Juan Antonio Costa
Academia Madrileña de Gastronomía,

Luis Infante es un hombre bueno. Y no lo digo en pasado. Como profundo creyente, simplemente ha decidido ocupar ya esa parcela en el cielo que merecidamente había adquirido por sus méritos y bondad, mientras otros muchos aún nos esforzamos para ocupar algún día un espacio parecido, aunque seguramente mucho más modesto y con peores vistas que las que él disfruta desde hoy mismo.

Disfruté con él de muchos momentos inolvidables que hoy no puedo dejar de recordar, a modo de película cuya velocidad se ha acelerado innecesariamente. Innecesario porque los momentos con Luis se disfrutaban a cámara lenta, muy lenta, descubriendo siempre un nuevo matiz a cada sorbo, como en un gran vino.

La mesa y el mantel fueron la excusa para entablar esa primera conversación, recién llegado él a la Academia Madrileña de Gastronomía, bien pasados sus 70, una vez que había decidido dejar paso a sus responsabilidades en la Real Academia Española de Gastronomía. Usando de nuevo la analogía vinícola, un Benjamín por sus ganas de aprender, un Melquisedec por su bagaje humano.

Generoso y familiar, no solo con su devota esposa y numerosa prole, sino con todos aquellos que estábamos cerca y con los que disfrutamos de un evento que repetiremos allí arriba y del que servidor es orgulloso brigadier; las “meriendas Únicas” (sí, en mayúscula). Un grupo de personas a las que Luis abría su casa y que, a cambio de compañía, conversación y complicidad, nos permitía asaltar gentilmente su bien dotada colección de Únicos de Vega Sicilia, mientras contemplábamos una y otra vez su particular pinacoteca repleta de obras de pintores contemporáneos, repleta de expresionismo, impresionismo o arte pop.

Empresario de éxito, de los que empezaron desde abajo, creó, dirigió y vendió el que durante mucho tiempo ha sido el periódico de papel más leído del país, mérito extraordinario tratándose de un diario deportivo.

Íntegro y ejemplo de valores cristianos, se negaba a participar del amarillismo que permitía la venta de ejemplares con la cada vez más aireada vida personal, no siempre ejemplar, de los deportistas. “Los héroes no tienen mocos”, solía decir a modo de línea editorial.

Hoy Luis, los que te acompañamos y no somos héroes, sacaremos inevitablemente el pañuelo mientras brindamos y nos sentiremos afortunados de conocerte.

Juan Antonio Costa
Academia Madrileña de Gastronomía