Corral de la Morería: setenta años encendiendo la noche.

 
Por Manuel Villanueva

Hace setenta años, un madrileño llamado Manuel del Rey tuvo la intuición y la audacia de imaginar que el flamenco podía tener una catedral sin perder el temblor de la fragua ni el eco de las tabernas donde nació. Aquel 20 de mayo de 1956 abrió sus puertas un tablao que acabaría convirtiéndose en uno de los grandes santuarios culturales de España y en el tablao flamenco más antiguo y reconocido del mundo. Un monumento del alma en Madrid.

Manuel del Rey venía de una familia que conocía el oficio de la hospitalidad. Sabía que una mesa bien servida puede ser un acto de generosidad y que una copa compartida también es una forma de conversación. Pero entendió algo más: que el flamenco era mucho más que un espectáculo. Era una manera de contar la vida. Por eso levantó una casa donde el arte pudiera respirar cada noche como si fuera la primera.

Ramón Gómez de la Serna escribió que «Madrid inventa la noche». Y pocas noches madrileñas han sido tan verdaderas, tan intensas y tan memorables como las que se han vivido entre estas paredes. Aquí han sonado guitarras que parecían abrir grietas en el tiempo; han bailado mujeres capaces de convertir un silencio en un relámpago; han cantado voces que dejaron suspendido el aire como si el duende hubiese decidido quedarse a vivir para siempre.

Pero toda gran historia necesita una reina.

Y en la del Corral de la Morería esa figura tiene nombre propio: Blanca del Rey.

Llegó siendo una joven bailaora cordobesa y acabó convirtiéndose en una de las artistas fundamentales del flamenco contemporáneo, alma artística de la casa y guardiana de su excelencia. Su baile elevó el mantón a categoría de milagro escénico. Su inteligencia preservó el prestigio del Corral cuando los tiempos cambiaban y tantas tradiciones parecían condenadas a convertirse en postal. Blanca entendió que la mejor forma de conservar una herencia era hacerla avanzar.

Quizá por eso la historia de Manuel y Blanca se parece a esos viejos romances que mezclan destino y voluntad. Él aportó la visión; ella, el arte. Él construyó la casa; ella la llenó de luz.

Y después llegaron los herederos.

Juanma y Armando del Rey recibieron algo más complejo que una empresa. Recibieron un legado. Una responsabilidad. Un apellido unido para siempre a la cultura española. Han sabido custodiar la esencia sin convertirla en museo. Han modernizado sin traicionar. Han conseguido que el Corral siga siendo reconocible para quien lo visitó hace cincuenta años y sorprendente para quien cruza hoy su puerta por primera vez. Gracias a ellos, una juerga flamenca convive con la alta gastronomía, la tradición dialoga con la vanguardia y la emoción continúa siendo la verdadera protagonista de la noche.

Elena Fortún escribió que «las cosas más hermosas son las que se recuerdan». Tal vez por eso el Corral de la Morería ocupa un lugar tan especial en la memoria de tantas personas. Porque nadie sale de aquí con la sensación de haber asistido simplemente a una función. Sale con la impresión de haber vivido algo que merece ser recordado.

Setenta años después, cuando tantas modas han nacido y desaparecido, cuando tantas luces se han apagado para siempre, el Corral continúa encendido.

Como una lámpara antigua en mitad de la noche madrileña. Como un compás que nunca se va de ritmo. Como una voz que sigue cantando para recordarnos que el arte verdadero no envejece.

Felicidades, Corral de la Morería.

Felicidades a la memoria visionaria de Manuel del Rey.

A la elegancia irrepetible de Blanca del Rey.

Y a Juanma y Armando, custodios de una llama que ya forma parte del patrimonio sentimental de Madrid y de España.

Así pues, brindemos por setenta años más de pasión, de pellizco en el alma y de duende eterno.

¡Larga vida al Corral de la Morería!

 

Manuel Villanueva