CASA ALBERTO, o PORQUÉ NO RENOVARSE Y NO MORIR

1827. ¡Que se dice pronto!

En ese año muere Beethoven, Fernando VII lleva tres esposas sin descendencia (se casará en dos años con la cuarta), y se acaba de inaugurar en Barcelona el primer alumbrado público de gas. En España no se conoce todavía ninguna República, y en Francia no hay ni un solo pintor que siquiera imagine el impresionismo.

En Madrid, en el corazón de la ciudad, en la calle de las Huertas 18, hay un edificio que no llama la atención por la arquitectura, pero en el que, sin embargo, Miguel de Cervantes escribió varios capítulos de la segunda parte de El Quijote. Vecinos de la calle, durante diferentes años, fueron Gustavo Adolfo Bécquer, José Zorrilla, Jacinto Benavente, Azorín…

En ese edificio del que hablamos, se funda Casa Alberto. Milagros de la vida, hoy continúa abierto, y con la misma vida que entonces. Los madrileños tenemos el inmenso honor de poder disfrutar de esta taberna, que es historia viva de España. Camino casi, de los 200 años de negocio abierto en la misma ubicación, podemos recrearnos en los mil detalles que salpican la fachada y el interior de Casa Alberto. Y lo mejor es que lo podemos hacer de la manera que mejor sabemos los españoles, al calor de una barra con una caña y unas tapas para compartir.

Lo primero que llama la atención de Casa Alberto es su genuina fachada. A uno le es fácil imaginar los coches de caballos por las calles adoquinadas del Madrid más castizo, con el trajín de las mercancías. Una fachada que rezuma historia, rojo guinda, que no pasa desapercibida por el paseante. Nos recibe en el suelo de mármol el nombre tallado de Casa Alberto. Pero a donde se van los ojos, uno lo quiera o no, es a la imponente barra de ónix que hace de centro neurálgico de la zona del bar. Una auténtica obra de arte que se sigue disfrutando, ya que lejos de “conservarla” cual museo detrás de una vitrina, cañas, vinos y tapas le siguen dando vidilla, mejorando si cabe, su aspecto.

La taberna se divide en dos estancias: la zona más de bar, con su barra y mesitas alrededor para atender a los “parroquianos”, y una pequeña sala en la zona de atrás. Zona, que cuando se fundó, era el almacén y la vivienda del propio tabernero. Hoy, se ha adaptado a un comedor sencillo y sin pretensiones, donde las obras de arte, botellas centenarias y la lámpara de bronce original, hacen que rezume historia por las cuatro paredes.

La cocina de Casa Alberto es sencilla y tradicional, pero nada rancia. Una sopa de cocido es el mejor entrante que se puede sugerir, entona el estómago, y ya se sabe que comer y rascar… todo es empezar. A continuación, los platos más emblemáticos: rabo de toro, callos a la madrileña, bacalao. Todos salen de una diminuta cocina que no fue pensada en su día para dar de comer, si no para acompañar los vermut, cañas y vasos de tinto con alguna tapa.

Sentada en la mesa, es inevitable pensar en las penurias por las que tuvo que atravesar la cocina de Casa Alberto (y la sociedad española en general) en la posguerra, sirviendo huevos duros y bacalao en salazón, mientras se las apañaban como podían con los inevitables estraperlistas de la época…

La bodega ya no muestra las frascas y pellejos de vaca donde, en otras épocas, se servían los graneles del morapio de Valdepeñas. Hoy en día la carta ofrece una variedad suficiente como para agradar a todos los gustos con vinos que van desde La Mancha hasta el Bierzo pasando por Rioja y Ribera sin olvidar los vinos de Madrid como el recomendable Dehesa de Valquejigoso.

Las anécdotas de Casa Alberto son infinitas. Fue una taberna muy marcada por la tertulia taurina, ya que se vendían las entradas para los toros en las calles de alrededor. Llegó a haber hasta 20 taquillas. Una, dedicada a la reventa, sigue en funcionamiento hoy en día. Y muchos toreros se han alojado durante décadas en el cercanísimo Hotel Victoria en la Plaza de Santa Ana (hoy hotel ME). Y han sido muchos los que antes de la corrida pasaban por Casa Alberto para envalentonarse, o se quedaban al volver para relajarse y comentar la tarde. Manolete, el Cordobés, Antoñete, El Viti, y todo tipo de picadores y banderilleros.

También tuvo una personalidad marcada por el teatro. Al estar cerca del teatro Español, La Comedia y La Zarzuela, era fácil ver entre la clientela a espectadores y actores las noches que había función. Todo el elenco de actores españoles que se te pasen por la cabeza, han estado en Casa Alberto disfrutando del calor de la vida de la taberna. No está comprobado, pero se dice que en Casa Alberto se vendían entradas para las funciones. Y la noche de estreno, se cerraba a altas horas de la madrugada…

Hoy en día lo regenta Alfonso Delgado desde hace más de 30 años. Cuando, en 1993, Alfonso se hizo cargo del local, Madrid estaba dando los últimos coletazos de la Movida Madrileña, y personajes como Sabina terminaban sus noches en la barra de Casa Alberto que se había convertido en un local de ambiente nocturno perdiendo su esencia de taberna. Alfonso ha hecho un esfuerzo por devolver a esta taberna el “lustre” que se merece. Ha restaurado, estudiado y rehabilitado todo lo que se ha podido. Dando una vuelta a la decoración, las instalaciones y la cocina. Recupera recetas clásicas y hace un equipo sólido, en el que destaca el chef Mario Pilar Quiroga, con el que afrontar esta nueva etapa. Es aquí donde comienza el renacimiento de Casa Alberto que se ha consolidado hasta nuestros días. Desde aquí, le enviamos nuestra más humilde enhorabuena, y sobre todo ¡courage! como dirían los franceses, para que Casa Alberto nos dure, como mínimo, otros 200 años más.

Madrileños, visitantes, turistas, si vamos a un museo en Madrid, cómo no pasar por Casa Alberto, y formar parte de alguna manera, de la historia viva del legendario local. Encima con una carta para disfrutar de principio a fin. ¿A qué estáis esperando?