Ya es Navidad, decía un famoso slogan que se ha convertido en una frase coloquial que utilizamos muy a menudo y más en los días venideros. Es muy bueno y muy representativo de unas fechas que son entrañables para todo el mundo por muchos y diferentes motivos.

La sensación de Navidad la sentimos cada persona a nuestra manera pero todos sabemos, que todos, estamos harto movidos por dentro, como si nuestro alma se transparentase.

Los que se han ido, los que han llegado, ese pensamiento existencialista de si será la última vez que nos reuniremos, las promesas y proposiciones para el año nuevo, la ilusión de los más pequeños por los regalos que disfrutamos los más mayores, viendo sus caras cuando entran en el salón de casa bien tempranito por la mañana y después de una noche mal dormida.

A los que nos gusta comer bien, la Navidad además nos brinda la oportunidad de darnos un caprichín extra para nuestros paladares. ¿Quién no ha guardado una botellita especial o no ha ahorrado para darse un homenaje con los suyos en estos días?.

Mi sensación de las navidades cuando era chaval y no tanto, siempre iba además ligada a la Academia.

La cena de Navidad era generalmente en nuestros restaurantes.

Los Académicos solían ser clientes habituales, pero ese día venían de otra manera. Vestían sus mejores galas, se abrazaban y besaban al llegar, eufóricos, frotándose las manos, por el frío y como tratando de adivinar qué nos habrán preparado hoy los Oyarbide’s.

Parecían seguros de su decisión de haber elegido nuestras casas para celebrar aquel importante acontecimiento y que según tengo entendido hacían por votación.

Los discursos previos ya auguraban una buenísima velada y los aplausos hacia nosotros nos los daban al comenzar, picoteando croquetas de almejas y con las primeras copas de champagne de la noche, siempre generosos y sonrientes con nosotros y nuestra gente.

Desde dentro, para la familia y para nuestros equipos, les puedo asegurar que era un compromiso casi matrimonial o más, en estos tiempos que corren.

Había presión, esfuerzo extra, mucha responsabilidad, yo sentía, como pocas veces en el año, miradas y guiños de ojo tan dignos de haber sido fotografiados transmitiendo complicidad y diligencia.

Claro, nosotros éramos una gran orquesta acostumbrada a actuar diariamente, pero en dúos, tercetos o cuartetos y aquel día tenia que sonar toda junta y a la vez, en sinfonía. Y la audiencia expectante, puesta en pie desde antes de empezar.

Mis padres nos hablaban a mi hermano y a mí sobre aquel acontecimiento con un tono y una seriedad que aunque no comprendiéramos bien el qué, sabíamos que algo gordo se estaba cociendo.

Y lo notábamos también después, en los días posteriores, por las caras de satisfacción de haber cumplido una vez más y no les voy a negar que además nos llegaban a nuestros oídos algunos chascarrillos sobre el evento, pero siempre con cariño y simpatía hacia la Institución y hacia sus integrantes.

Mi madre ya es muy mayor y ayer por la noche entré en su habitación para darle un beso. Entre sueños, me preguntó si tenía todo bien preparado para la cena de la Academia. Como no podía ser de otra manera le dije que estuviera tranquila, que sí. Que acababa de escuchar el aplauso más alto que ningún año.

Acabo con otro slogan que se ha quedado también entre nosotros y decía lo de «vuelve, a casa vuelve, por Navidad«.

Muchas gracias, muchos aplausos y muchos abrazos míos y de toda la familia Oyarbide, desde el más profundo afecto y cariño.

 

Javier Oyarbide

 

Por |2020-12-29T13:07:01+01:00diciembre 20th, 2020|Microrrelatos, Recuerdos|Sin comentarios
Ir a Arriba